Captura de pantalla 2016-03-29 a las 8.44.07 p.m..pngPor Marcelo Gobbi

El año pasado leí que el Colegio Público de Abogados pidió dos veces a la Corte Suprema que retrasara la implementación del expediente electrónico porque, dijo, los abogados necesitan más tiempo para capacitarse sobre cómo utilizarlo.

Cuando Richard Susskind escribió en 2009 The end of lawyers, sus predicciones sobre el impacto de la tecnología en los servicios jurídicos y sobre su inexorable internacionalización me parecían algo remotas. En todo caso, propias de un primer mundo del que nos considerábamos alejados. Susskind nos hablaba de tercerización en abogados extranjeros, de fragmentación de procesos y su asignación a distintos equipos en distintas partes del mundo, en la utilización de los servicios de big data para gestionar información de jurisprudencia, de clientes que compartirían entre sí el conocimiento que alguna vez compraron a un abogado convirtiéndose a la vez en consumidores y productores (como ya lo son los prosumidores que alimentan Youtube o Wikipedia) y de varios fenómenos más que parecían invenciones. Confieso que desafié por lejanas las predicciones de Susskind en un intercambio de correspondencia que tuve con él cuando intenté sin éxito hacerlo hablar en vivo o por videoconferencia en una institución de abogados (sin éxito no por falta de entusiasmo de don Richard sino de la institución que se me había ocurrido como anfitriona). Le dije que la mayor parte de los abogados de mi país tenía problemas mucho más primarios, más propios de la era analógica, y que hablarles de estas cosas podía ser hasta ofensivo para quien está preocupado por la cola ante una mesa de entradas, el estado de los baños o los ascensores o la ineficiencia de los registros públicos.

Pocos años después basta mirar servicios de resolución de conflictos como Modria, o de generación de contratos y documentos legales de respetable complejidad como Legalzoom para confirmar que es hora de revisar nuestra agenda de preocupaciones. No doy esos ejemplos porque sí: los he conocido a ambos no como abogado sino como usuario y desde la Argentina, y por un costo despreciable obtuve un servicio de gran calidad sin moverme de mi casa ni hablar con abogado alguno. Modria resuelve cada año decenas de millones de reclamos de consumidores por operaciones de comercio electrónico por lo general sin intervención humana. En Legalzoom obtuve un muy buen contrato y un poder hecho a medida y pagué en total US $ 75, todo de cuestión de minutos. Ninguna acción regulatoria, ninguna restricción jurisdiccional frenarán el desembarco y la expansión de servicios que satisfacen a millones de personas. Los taxis de Uber podrán adquirir otra forma o alguien adaptará el modelo a la Argentina, como ocurrió en el Perú, pero digan lo que digan los reguladores y los sindicatos es difícil que nos transportemos dentro de cinco años como lo hacemos hoy. Legalzoom ya factura cerca de 200 millones de dólares al año y lo usa cualquiera desde cualquier parte del mundo. No se trata de minimizar la importancia de los problemas que los abogados sufren todos los días (las colas, los baños y la burocracia deben solucionarse de inmediato) sino de prepararse también para los otros, los que tendremos cuando no hagamos ninguna cola ni visitemos físicamente los tribunales o los registros, porque ese tiempo llegará más temprano que tarde.

En un libro que yo regalaría a cada funcionario o dirigente profesional, The second machine age, Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee, dos investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts básicamente optimistas sobre el impacto de la tecnología en nuestras vidas, demuestran que la innovación ocurre con características similares a las descriptas en la Ley de Moore sobre los procesadores (su capacidad aumenta por la duplicación del número de transistores cada dos años y, al mismo tiempo, se abarata, en ambos casos exponencialmente) pero que lamentablemente lo hace con un nivel tal de aceleración que no permite que los trabajadores que se vuelven inempleables se capaciten en algo nuevo a la misma velocidad. Explican los autores que, a diferencia de lo que ocurrió con la máquina de vapor y luego con el motor de combustión interna, la era digital es una segunda revolución industrial de impacto no inferior a la primera pero que no sólo desemplea a los trabajadores manuales sino también a los de cuello blanco, a los que fueron a la universidad. Dicen que si la tarea involucra procesos que tienen un alto componente de rutina será digitalizada, automatizada y sometida a plataformas de inteligencia artificial, sea aquella tarea manual o intelectual. Y, para peor, demuestran que a la par de la destrucción de empleo disminuye la paga promedio de aquellos que tienen la suerte de seguir trabajando.

Cuando escribo esto, y mientras recuerdo haber trabajado años en un sistema de pagos a través del teléfono móvil que creíamos revolucionario, veo que Google está probando Hands Free, un servicio de pago mediante el simple reconocimiento facial del cliente, que ni siquiera tiene que tomar en sus manos su teléfono celular para pagar en un comercio. Nadie en la caja hace falta para validar su identidad ni recabar su firma. Lo hacen una cámara y una plataforma que vaya uno a saber en qué país estará. Ese doloroso efecto puede ser transitorio solamente si se lo ataca con planes efectivos de capacitación. La computadora Deep Blue de IBM que derrotó a Kasparov o Watson, la que venció a los campeones de la competencia televisiva de preguntas Jeopardy!, sólo pueden hacer aquello para lo que alguien las programó. Por ahora son, como dice un amigo, taradas rápidas. No sienten, no imaginan, no intuyen ni innovan (eso por suerte nos queda a los humanos).

Muchos de los procesos que involucran a la abogacía, nos guste o no, son intelectuales pero rutinarios y, como explican Brynjolfsson y McAfee, aptos para ser sometidas a un software que reconozca patrones. Debe preocupar, en este entorno inevitable, que un colegio reconozca que sus matriculados no pueden capacitarse a tiempo. Se trataría de un síntoma de que nos falta atacar la raíz del problema. Porque, desgraciadamente, no creo que ganarle al ajedrez a Kasparov sea más fácil que elaborar un contrato de compraventa de acciones o un alegato.

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One thought on “A propósito del expediente electrónico y los abogados. Por Marcelo Gobbi

  1. Es increíble la velocidad a la que se suceden las cosas en estos tiempos. No solo en el Derecho, sino en cualquier aspecto de nuestras vidas.

    Los ejemplos que pones son claros, y supongo que en pocos años veremos una revolución a nivel de prestación de servicios, pero también de los propios servicios, pues las necesidades van cambiando vertiginosamente, y de la misma forma, las soluciones deberán hacerlo.

    Me ha gustado mucho el artículo. Felicidades.

    Un saludo

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